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golpes bajos

Regreso

Regreso

Siempre me ha parecido muy cutre la decoración de este bar, con sus churretes, sus estalactitas, y sus carteles de brebajes esotéricos colgados del techo. Pero hoy no podría importarme menos. Ah, estáis ahí atrás, al lado de la barra. Unos pocos saben que vengo, pero han sabido guardárselo. Tiro de la maleta y voy hacia allá. Cuando me ves, abres tanto los ojos que siento que me va a tragar un océano de aguamarinas. Llega el momento de los abrazos, las voces, las sonrisas. A la mitad de los saludos llego hasta ti. Tu cara es un poema, y yo tengo el corazón en un puño; he deseado tanto que llegase este momento... Haciendo uso de toda mi fuerza de voluntad, te doy dos besos y continúo con los que faltan. Vaya, al mirarte fugazmente por el rabillo del ojo me parece notar que te has quedado un poco (más) descolocada. Me siento muy gamberro. Termino de saludar, ya están todos. Creo que me han preguntado algo, pero mi mente está ya muy lejos. Perdonad un momento, chavales. Tomo tu mano y te arrastro a un rincón algo apartado. Cómo estás, amor. Mientras nos miramos, acaricio tu mejilla, y tú la apoyas en mi mano y dejas caer los ojos de esa forma que sabes que me derrite. Llevo tanto tiempo soñando con tus labios, recordando dolorosamente su delicado sabor. Bésame, tonto. Mientras nos fundimos, siento como mi pecho se abre y salen volando cientos de pájaros, libres por fin.

Harían bien en dejar de murmurar y echarse unos cuantos dardos, porque no pienso dejarte ir en toda la noche.

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