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golpes bajos

Mañana de jueves

Cuando despierto estás a mi lado, tumbada, ya despierta, mirando hacia la pared, como a ti te gusta. Me acerco para sentir el calor de tu cuerpo, te beso en la nuca y te rodeo en un abrazo, acariciándote. Meto la mano por debajo de tu camiseta y recorro con mis dedos tu suave piel, primero tu tripa, después tu pecho. Es delicioso tenerte así. Te giras para verme y yo quedo recostado sobre ti, pasando los dedos por entre tu pelo, mirándote simplemente, adorándote en silencio. Pero tu boca entreabierta es irresistible, y te beso, y me besas, y me derrites en esa sensación sublime que tus labios producen en mí, mientras tu mejilla se refugia en la oquedad de mi mano. Te deseo tanto... Mi mano baja, muy despacio, por todo tu cuerpo, y se cuela dentro de tu pantalón, perdiéndose en el vello ensortijado de tu pubis, hasta zambullirse en el hueco entre tus piernas. Creo que nunca me voy a acostumbrar a ésto, a encontrarte siempre tan mojada, a sentir este néctar exquisito en mis dedos, disparando todos mis instintos, imprimiéndome el punzante deseo de estar dentro de ti. Te quiero desnuda, ya. Por unos segundos, somos una maraña de brazos y gruñidos, hasta que toda nuestra ropa sale volando en cualquier dirección. Por fin te tengo como te quiero, piel contra piel, muy pegada a mi, sintiéndote toda. Y te penetro, muy lentamente, y te vas abriendo a mí, poco a poco, presa de la excitación y el placer, con esa cierta dificultad que tanto me enciende, hasta que estoy completa, profundamente dentro de ti. Estar así, contigo... hasta que te conocí, yo no sabía que esta sensación de plenitud era posible. No puedo dejar de besarte, de acariciarte, de mirarte a los ojos, y tú me abrazas muy fuerte, con tus brazos, con tus piernas, como si quisieras devorarme, fundirte conmigo en un solo ser. Nos movemos muy poco, muy despacio, me deslizo resbalando en tu interior, acariciando tus paredes, tocando algo muy dentro de ti, en una danza hipnótica que nos va sumergiendo en simas insondables de placer. Tus gemidos son cada vez más intensos, y me abrazas cada vez más fuerte. Noto como empiezas a perder el control, y me sonrío por haberte arrancado otra pequeña victoria. Tus músculos se tensan, tus gemidos se convierten en aullidos, y yo me vuelvo loco y, sujetándote fuertemente contra mi pecho, te doy todo lo que tengo, hasta que algo se rompe dentro de ti y tu cuerpo estalla, y yo estallo contigo. Me dejo caer rendido sobre ti, los dos empapados en nuestro sudor, agotados, en un estado de completa relajación. Pero, amor, vas a llegar tarde al trabajo.

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