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golpes bajos

La herida

No sabiendo ya si había tiempo, si aquella visión había durado un segundo o cien años, no sabiendo ya si existía un Siddhartha, o un Gotama, o un Yo y un Tú, herido en lo más profundo de su ser como por una flecha divina que lo vulnerase dulcemente, hechizado y disuelto en su interior, Govinda aún permaneció un instante inclinado sobre el impasible rostro de Siddhartha, ese rostro al que acababa de besar, que acababa de ser el escenario de todas esas metamorfosis, de todo el Devenir, de todo el Ser.

H. Hesse

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